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Estás cada día resolviendo problemas, tachando cosas de la lista… corriendo de acá para allá… haciendo que los momentos se te escapen, para siempre.
· Esa charla inocente que te llenó el alma
· La sensación del chocolate derritiéndose en tu boca
· La impresión de “che, hoy estuve bastante bien”
· Ese rayo de sol que salió en un día todo nublado
· La manito chiquita de ese ser que creció no sabés cuándo
· La risa de alguien que querés
Te escuchás diciendo “¿en qué momento se pasó el año?”.
Pero no te confundas. No se te pasó el año: se pasaron muchos.
Más de los que querrías.
Y los viviste a las apuradas. Sin sentirlos del todo.
Tenés apenas unas fotos borrosas de tu ayer, y estás haciendo más fotos borrosas del hoy.
Estás tragando chocolate: no lo estás disfrutando.
Y lo curioso es que la diferencia no está en lo importante que son esos momentos.
Sino en la atención que le das mientras suceden.
Todo aparece… y desaparece enseguida.
Como si nunca hubiera estado ahí.
Y no.
No creo que el problema sea solamente “tener muchas cosas”.
Creo que el problema es que hace tiempo vivimos sin detenernos en lo que estamos viviendo.
Como si estuviéramos llegando tarde a nuestra propia vida.
Y claro, así es muy difícil disfrutar algo de verdad.
Porque no podés saborear un chocolate que tragás sin darte cuenta.
Ni una vida que nunca frenás a mirar.
Al principio de la página te pregunto “¿qué hacés pretendiendo disfrutar de la vida, viviéndola a las apuradas?”. Y en realidad creo que, de hecho, la disfrutás.
Un poco.
Que viajás y disfrutás el paisaje. Una o dos veces al año.
Que te das un momento para charlar, mate de por medio, con quien querés. Mucho menos de lo que te gustaría.
Que disfrutás un postre, o una canción, o saboreás tus logros. Muy de vez en cuando
Que te juntás a comer un asado (o su versión veggie) y la pasás bien. Los domingos.
De hecho, sé que lo hacés.
Disfrutás la vida. Te sentís bastante satisfecha con ella… a veces.
Pero no las suficientes.
No todos los días.
Y lo curioso: es que podrías.
Incluso con tu agenda llena de mil cosas, el cole de los chicos, el trabajo y la mar en coche.
Porque la cosa no pasa por empezar a madrugar a las 5 de la madrugada, meditar una hora y
leerte un libro motivacional al mes.
Ni de pasar una temporada en el Himalaya haciendo retiros en monasterios recónditos mientras
tomás un batido super proteico, verde y pastoso.
Es mucho más simple y asequible.
Y bonito.
Te cuento algo:
A mí escribir siempre me ayudó mucho cuando me sentía mal.
Cuando estaba triste. Enojada. Frustrada. O confundida.
Escribir ayuda a ordenar lo que sentís.
A bajar el ruido exterior.
A entender qué pasa por dentro.
Escribir te ayuda a ganar claridad de lo que pasa, te pasa y lo que querés.
Pero hace un tiempo descubrí algo nuevo.
Escribir cuando estoy feliz, también transforma la forma en que vivo las cosas.
Porque cuando logro detenerme aunque sea un momento a escribir algo lindo que me pasó… lo disfruto distinto. Me siento más feliz y lo disfruto mucho más.
Y es que escribir tiene un efecto extraño: hace que el tiempo se frene. Y lográs capturar lo importante:
Las ideas.
Los momentos.
Las emociones.
Los días.
Y dejar atrás lo que te está pesando.
A soltar.
Cuando escribís algo —aunque sea una sola línea— lo vivís distinto.
Más lento.
Más presente.
Más real.
Como cuando dejás que un pedacito de chocolate se derrita lento en la boca en vez de tragarlo enseguida. Lo saboreás de verdad.
Como cuando capturás una foto donde se ven todos los detalles: las luces y sombras, el fondo y la imagen. Y en tan buena calidad que podés enmarcarla y ponerla en la sala de estar… verla y recordarla cuando quieras.
Ahora bien, seguro estás pensando que eso de escribir es algo bonito, sí, pero difícil de llevarlo a tu día a día.
Porque, de hecho, la mayoría de las personas creen que para sentirse mejor necesitan cambios enooormes.
· Pasar del sofá, a ir al gimnasio de lunes a viernes.
· Cambiar de trabajo.
· Mudarse de ciudad.
· Pasar de comer “lo que venga” a tener el menú semanal organizado de acá a fin de año.
En fin: convertirse mágicamente en “esa persona que tiene la vida resuelta e instagrameable”.
Y la verdad es que así no funciona. Porque pasás de cero… a cien.
Y eso dura tres días.
Después aparece el cansancio.
La culpa.
La sensación de “otra vez abandoné” y “esto no es para mí”.
Y volvés a lo de siempre.
A vivir en automático.
Otra vez.
Volvés a generar una cantidad inmensa de fotos… borrosas.
Por eso esta propuesta empieza distinto.
Y es una propuesta ridículamente fácil.
No quiero proponerte escribir una hora por día.
Ni llenar páginas eternas.
Ni convertirte en una persona nueva de la noche a la mañana.
Quiero proponerte algo muchísimo más pequeño.
Tan pequeño que hasta da risa.
Un minuto.
Eso es todo.
Un minuto para hacerte una pregunta.
Un minuto para escribir una frase.
Un minuto para volver un poco a vos.
Un minuto.
Sólo un minuto.
¿Te sobra un momento al día?
Entonces, podés disfrutar más la vida.
¿No te sobran 60 segundos en todoel día?
Entonces el problema no es el tiempo. Son tus prioridades.
Si tu caso es el primero, entonces esto seguro esto es para vos.
No se trata de un desafío de “lo empiezo, lo sigo durante una semana o dos, y después vuelvo a lo de siempre”.
En el aprenderás:
· La razón por la que sentís que el tiempo se te escurre (y cómo detenerlo).
· La explicación científica, pero sencilla, detrás de que escribir haga que recuerdes más, de que sientas más y disfrutes
más. Y, además de todo eso (que no es moco de pavo), cómo te ayuda a tener las cosas más claras.
· Por qué no deberías escribir más de un minuto al día. De hecho, esta es una regla importante del desafío: si escribís más de un minuto, estás fuera. Y no es porque lo diga yo.
· Un truco tonto pero que poca gente usa para lograr empezar y sostener hábitos.
· Cinco recomendaciones (sencillas pero muy útiles) para que tengas éxito en tu mini-desafío y no se quede solo en buenas intenciones.
· La única cosa que tenés que hacer en este desafío. Sí: es una sola cosa, es fácil y hasta un niño de primaria podría hacerlo. Y vas a poder aplicarla justo después de terminar de leerlo.
Y todo eso, en solo 1 minuto.
Y no: esto no va a “cambiarte la vida” en 24 horas.
Pero sí puede ayudarte a dejar de pasar tan rápido por ella.
Y, la verdad… creo que eso ya es muchísimo.